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Tag: China

Manos sucias, calles limpias. Qīngdàofū de Shanghai

Shanghai Qindaofu tricycle collector

Triciclo, distrito Xuhui, Shanghai

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El portero apila las cajas de cartón en el carro de su triciclo de una manera casi científica. Lo observo callado mientras él, meticulosamente, agarra las cajas una tras otra, les saca esa cinta adhesiva marrón que las hace caja, y las transforma en cartones que al toque aplana apretándo contra el pecho. El portero se llama Guō Tāo y tiene unos 50 años, pero parece mucho más viejo. Quizás son las arrugas de su sonrisa parsimoniosa, o el lenguaje poco ceremonioso de sus manos. Las suyas son manos secas, rasgadas… quemadas. Manos que te cuentan la historia de alguien que hace mucho tiempo hace la misma cosa. Cuando la pila de cartones alcanza los tres metros, Guō Tāo rodea el carro, las suelas de sus zapatos raspando el piso, y sujeta los cartones con unas correas. El resultado es el de una estructura arquitectónica de diseño particular; ese que parece que todo se va a venir abajo en cualquier momento. Entonces, fiel a su estilo flotante, Guō Tāo se desliza una vez más por el espacio, empujando la pila de cartones acá y allá. Ingeniería básica. Finalmente, satisfecho de que no se van a caer se sube al triciclo, listo para salir. O no. Porque justo en ese mismo momento su esposa le grita algo que no entiendo, se va a adentro de la casa, y vuelve con dos tocos de periódicos viejos atados con bolsas de nylon de supermercado.

Estoy sentado en una banqueta frente a un aparcamiento de bicis en la calle Baochang al 632, que viene ser al mismo tiempo el nombre y la dirección de una típica comunidad residencial china en el distrito de Jingan, anteriormente conocido como distrito Zhabei, al norte del conurbano de Shanghai. He venido darle una mano a mi amiga Dông Yín con su proyecto de investigación sobre las conductas de separación y clasificación de desechos de comida domésticos en la municipalidad de Shanghai.

“Cuánto le dan por el cartón?” le pregunto a Dông Yín. Ella se da vuelta hacia la esposa, pregunta, y me traduce, “Dice que le dan unos ¥0.4 por kilo.” “¿Y los periódicos?” “Los diarios valen un poco más, ¥1.2 por kilo. Y unos ¥1.5 por los plásticos,” agrega al ver que mis ojos se clavan en una bolsa de lino llena de botellas aplastadas. “¿Cuánto cree que le van a dar con esta ronda?” “¿Con lo que tiene en el carro? y unos ¥50,” dice la esposa. ¥50 hoy son £5 o $7. Estimo el tamaño de la pila en el carro. Hay más cajas de cartón para aplastar dentro del estacionamiento, junto a la bolsa con plásticos. A lo mejor llega a hacer unos ¥100, quizás hasta ¥150. Pero va a necesitar hacer varios viajes. No hay drama, Guō Tāo está acostumbrado.

“Las suyas son manos secas, rasgadas… quemadas.  Manos que te cuentan la historia de alguien que hace mucho tiempo hace la misma cosa.”

“Bueno. Pero, seguro que eso no es todo lo que gana. ¿Cuánto le pagan por trabajar acá, cuidando las bicicletas, las motos, limpiar las áreas comunes, sacar la basura…?” Mi amiga se queda hablando un buen rato con la esposa de Guō Tāo. La pregunta debe de ser un poco delicada, observo cómo mi amiga articula cuidadosamente sus gestos y el tono al hablar buscando las palabras adecuadas. A esta altura, el mismo portero ya se bajó del triciclo y se acercó hasta nosotros, como preguntándose sobre qué estamos interesados. O quizás confundido por mis tantas preguntas sobre algo que él ve inconsecuente, normal, ordinario. Ellos hablan con un acento grueso que hace que el mandarín de mi amiga sea de alguna forma más inteligible a mis oídos inexpertos. “Le pagan ¥1.500 por mes,” me dice finalmente. Satisfecha su curiosidad, Guō Tāo se marcha lentamente, despidiéndonos con el chirrido de su triciclo. Su esposa se sienta en una silla y enchufa su cara al celular. Yo continúo con las preguntas a mi amiga.

“¥1.500, al cambio de hoy, son más o menos £150. No parece mucho para vivir un mes,” le comento. “No, es muy poco. A veces el comité de la comunidad les provee con alojamiento gratis, como el caso del portero en esta comunidad, y tampoco les cobran el agua, el gas o la luz.” Ese alojamiento gratis del que habla ella es, en el caso de Guō Tāo y su esposa, una habitación de seis metros cuadrados dentro del estacionamiento de bicicletas de la comunidad, donde viven apretados con una cama de dos plazas, un ropero, un ventilador de pie, y una mesa grande redonda sobre la que se hayan una pequeña radio y un televisor pantalla plana de 20’ que hace imposible poder abrir la ventana que da a la entrada de la comunidad. Afuera del cuarto, junto a las bicicletas, otra mesa, con cartones y plásticos encima acumulando polvo. No hay cocina, pero tienen un calentador a gas sobre una mesita plegable junto a la puerta de la entrada. No hay pileta, ducha o baño dentro del estacionamiento, calculo deben de usar los baños comunales.

£150 al mes parece poco. Es poco, pero al portero de la Baochang al 632 es a uno de los que mejor le va. Hace un mes, como parte del mismo proyecto de investigación, visitábamos otra comunidad con Cháng Jün, también estudiante de doctorado, en el distrito de Putuo. Luego de terminar de pesar los tachos de la comunidad y analizar la basura, Jün se dirigía a la residencia del limpiador para pagarle por su ayuda, cuando le pregunté si podía acompañarle. “Si, no hay problema…” me dijo, dudando, y luego “pero vamos rápido, no queremos que se enteren los del comité. A ellos no les gusta que le paguemos a los limpiadores directamente.” Me cruzo hasta un almacén que está justo sobre la esquina, y compro dos jugos y dos paquetes de galletas Oreos, pequeña muestra de agradecimiento, y caminamos hasta su apartamento.

Caminamos por un estrecho pasillo, las paredes impregnandonos de olores putrefactos, el suelo tapado de papeles, plásticos y puchos de cigarrillo, y cruzamos una puerta que da a un espacio con poca luz. Al entrar, soy recibido por Zhōu Háng (el limpiador con sonrisa, como me gusta recordarle) y las miradas curiosas de sus padres, también limpiadores. Parecen contentos, y confundidos, de ver a un lăowài trayéndoles Oreos y bebida. Su hogar, un apartamento improvisado dentro del garaje a donde van a parar todos los desechos de la comunidad, me deja pasmado; a la izquierda de la entrada, una montaña de basura, una maquina compresora y otra para la carga y descarga de residuos, y unos tachos de basura vacíos. A la derecha, una mesa, un ventilador a todo lo que da, y un televisor sintonizando el canal de las noticias a todo volumen. Al fondo del espacio, iluminado por dos tenues lámparas que cuelgan del techo, alcanzo a ver un cuarto separado con dos camas; de una y dos plazas. No puedo ver más allá, pero me imagino un baño con letrina al final del cuarto. Mi amiga le paga Zhōu Háng lo acordado y nos vamos. Sus miradas curiosas y silenciosas, sus anchas sonrisas, y el recuerdo del olor, saturan mi memoria por un par de días.

Shanghai Qindaofu, styrofoam

Shanghai, recogida nocturna de tergopol

En Shanghai, y en China, no es raro ver a hombres y mujeres, a menudo de noche, tirando tachos de basura al suelo, revolviendo la basura en busca de reciclables. Estos son los mismos hombres y mujeres que después uno ve pasar en triciclos propulsados con un motorcito eléctrico. Los triciclos tiran de carros siempre viejos, siempre oxidados, y van cargados de todo tipo de materiales y con equilibrio sin precedentes y difícil de imaginar. Llevan plásticos, latas y metales, cartones, periódicos y revistas, recipientes de tergopol, todo tipo de vidrios, desechos eléctricos, escombros e incluso basura orgánica. Uno se acostumbra a verles, son parte del paisaje urbano. Yo crecí viendo limpiadores llevando cartones en carros tirados por burros demacrados; “Son como los cartoneros en mi país,” me suelo escuchar decirles a mis amigos chinos. Pero nunca me acerqué a ellos. Nunca me paré a escucharlos, a conocerlos.

En esta parte del mundo, a estos hombres y mujeres se los conoce como qīngdàofū (清道夫), que es lo mismo que decir limpiadores, recolectores de basura itinerantes, hojalateros, o carroñeros de basura nocturnos. Algunos trabajan en comunidades, en donde se los provee con algún tipo de alojamiento – como es el caso de Guō Tāo, Zhōu Háng y sus familias – otros, muchos, trabajan y viven en la calle. También se los conoce como zabbaleen en Egipto, kabariwallas en India, cartoneros y cirujas en Argentina, cachureros en Chile, hurgadores en Uruguay, pepenadores y buscabotes en Mexico, basuriegos, traperos y chatarreros en Colombia, chamberos en Ecuador, buzos en Costa Rica, hojalateros en España, basureros en Filipinas.

Independientemente de lo que se los llame o de donde trabajen, el suyo es un trabajo intensivo, de bajos recursos, mal pagado, indocumentado e irregular. Es un trabajo que, por lo general y al menos en Shanghai, lo hacen los viejos o miembros de familias quienes en su mayoría son analfabetos, pobres, o inmigrantes de las zonas más rurales. A no ser que una asociación residencial los contrate específicamente para trabajar en una comunidad, estas personas trabajan independientemente, su vínculo formal y legal con las autoridades municipales y los centros de reciclaje es mínimo o inexistente. Ocasionalmente, puede que se los contrate para eventos deportivos o culturales especiales, y ahí es cuando se convierten en el foco de atención de los medios de comunicación – como supo suceder durante la Expo 2010 de Shanghai.

“Llevan plásticos, latas y metales, cartones, periódicos y revistas, recipientes de tergopol, todo tipo de vidrios, desechos eléctricos, escombros e incluso basura orgánica. Uno se acostumbra a verles, son parte del paisaje urbano.”

En China, los qīngdàofū trabajan fuera del sistema formal de recolección de residuos y reciclables, se encuentran en el escalón más bajo del sector informal. Sector que comprende centros de recolección de desechos y reciclables, centros de procesamiento, cooperativas de basura, y agentes intermediarios como artesanos, negociadores, comerciantes y venderores mayoristas, e industrias que compran materias primas. Básicamente, mientras más alto en la escala de este sector informal, más alto el valor de los materiales.

El hecho de que estén en el escalón inferior de este sistema, hace que los basureros sean explotados frecuentemente por los vendedores de reciclables, fabricantes y líderes de las comunidades, estos últimos muchas veces incluso cobran el acceso a la basura en las áreas residenciales. Los qīngdàofū también sufren regularmente el acoso y la extorsión por parte de la policía y las autoridades municipales, con muchas de las políticas públicas más recientes del sector característicamente negativas y represivas. La vulnerabilidad de muchos de estos basureros se vuelve peor aún a causa de su estatus como inmigrantes, ya que se les hace difícil el acceso a los servicios sociales. Esto no es un problema menor, ya que el tipo de trabajo que llevan a cabo es casi garantía de enfermedades y problemas ocupacionales como trastornos musculares y óseos, problemas respiratorios y complicaciones gastrointestinales (Wilson et al. 2006).

A pesar de lo insalubre, desagradable, humillante, y peligroso del trabajo, en una ciudad como Shanghai, donde sus más de 26 millones de residentes producen 7.36 millones de toneladas de desperdicio doméstico por día (IOSM 2014), la falta de un sistema formal de recolección y tratamiento de la basura eficientemente integrado ha hecho de este sistema de reciclado informal tanto un problema social como una necesidad. Según estudios recientes se estima que entre el 17 y 50% de los desechos domésticos son reciclados a través de este método (Wilson et al. 2009; Linzner and Salhofer 2014).

Hoy en día, el reciclado informal en China es impulsado por la existencia de un mercado para la compra y reventa de materias primas. Aunque no se dispone de cifras exactas, es un hecho que muchos fabricantes e industrias de China aún dependen de la disponibilidad y bajo coste de estos materiales. Si bien hoy en día las industrias en la región importan cada vez más reciclables de Europa, los plásticos, metales y cartones locales, continúan siendo una fuente importante de aprovisionamiento. El sector informal no solo contribuye a reducir los costos del sistema formal de recolección de la basura y su transporte, sino que también proporciona una amplia fuente de trabajo con mínimos costes de inversión per cápita e infraestructura.

“… en una ciudad como Shanghai, donde sus más de 26 millones de residentes producen 7.36 millones de toneladas de desperdicio doméstico por día, la falta de un sistema formal de colección y tratamiento de la basura eficiente e integrado han hecho de este sistema de reciclado informal, a la vez un problema social y una necesidad.”

No siempre ha sido así. Entre los años ‘50 y ‘80, la recogida y reutilización de todos los “residuos” como materias primas, era eficientemente gestionada debido a la escasez de recursos. En aquel entonces, el Ministerio de Comercio estaba a cargo de un sistema de recuperación masiva de residuos industriales y municipales a través del establecimiento de empresas estatales de recuperación de materiales (MRC, en sus siglas en inglés) dispuestas en cada ciudad. Los residentes de las zonas urbanas traían sus reciclables regularmente a los MRC. De los ’80 en adelante, el uso de los MCR fue disminuyendo rápidamente, al igual que el hábito de los residentes de separar los materiales reutilizables de los demás desechos; sólo una mínima parte de los residentes todavía continúan con la práctica de separar y vender los materiales reutilizables y reciclables de la basura para después vendérselos a los qīngdàofū (Fei et al. 2016).

De esta forma, los comportamientos de clasificación y separación de la basura de los residentes se ha convertido en un factor fundamental para el desarrollo de sistemas de gestión de residuos municipales sustentables con altas tasas de reciclaje, y una prioridad política tanto para los gobiernos nacionales, regionales y locales (Wilson et al., 2009). Durante los últimos 15 años se han llevado a cabo distintas políticas para abordar la separación y clasificación de residuos desde el punto de origen. Ejemplos de estas políticas son la Ley de la Circular de Promoción de la Economía, que incluye un marco jurídico sobre la reducción de residuos, su reutilización y reciclado, o más recientemente una ley que promueve la separación de los residuos domésticos y su reducción desde su punto de origen, es decir los domicilios en las comunidades residenciales, impulsada por la municipalidad de Shanghai y en vigor desde mayo de 2014 (Li 2016). A estas políticas locales se le han sumado disposiciones concretas para la separación y clasificación de desechos en los últimos dos planes quinquenales del gobierno. Otras medidas incluyen proyectos piloto en las grandes metrópolis, tales como el aquel lanzado en las ocho mayores ciudades de Beijing, Shanghai, Guangzhou, Shenzhen, Nanjing, Guilin , Xiamen, de Hangzhou en el año 2000.

Muchas de estas políticas aún no han tenido éxito. La mayoría de estas medidas se centran en la separación de los residuos de alimentos por parte de los residentes, y no la separación, recogida y reciclaje de otros materiales. Esto es precisamente porque el sector informal de reciclaje ‘funciona,’ y al parecer es bastante eficiente. Reemplazarlo con un sistema formal de gestión de residuos actualmente desactualizado e inadecuado podría poner en peligro la fuente de ingresos de millones de personas. En Shanghai, ya ha habido intentos, tibios, de regular la recolección de basura por parte de los qīngdàofū, tal como un proyecto iniciado en el 2003 por la Oficina de Sanidad Pública de Shanghai con el objetivo reducir la practica informal de recogida de residuos, proveyendo a los qīngdàofū, en su mayoría trabajadores inmigrantes, de uniformes y un sueldo fijo de ¥650 en 30 comunidades del distrito de Huangpu. Si bien esta iniciativa hoy se extiende a otros distritos, muchos continúan separando y recogiendo residuos de forma informal.

Guō Tāo’s y Zhōu Háng son qīngdàofū y sus manos están sucias. Y no hay drama porque así las calles de Shanghai están limpias.

Lectura adicional:

Fei, F., Qua, L., Wena, Z., Xueb, Y., and Zhanga, H. (2016). How to integrate the informal recycling system into municipal solid waste management in developing countries: Based on a China’s case in Suzhou urban area, in Resources, Conservation and Recycling. Vol. 110: 74-86.

Li, Ziyin, (2016). Development and Use Of A Framework To Analyse Food Waste Sorting Programs. PhD Thesis (unpublished). Fudan University, Shanghai, China.

Linzner, R. and Salhofer, S. (2014). Municipal solid waste recycling and the significance of informal sector in urban China, in Waste Management & Research. Vol. 32(9): 896–907.

Shanghai Regulates Garbage Collecting, China Internet Information Center. 23 July, 2003. Available at: http://www.china.org.cn/english/MATERIAL/70682.htm

Shanghai Issues Rules for Domestic Waste Separation and Reduction, Information Office of Shanghai Municipality. 23 April, 2014. Press Conference. Available at: http://en.shio.gov.cn/presscon/2014/04/23/1153140.html

Ways Forward from China’s Urban Waste Problem, The Nature of Cities, 1 February 2015 (by Judy Li) Available at: http://www.thenatureofcities.com/2015/02/01/ways-forward-from-chinas-urban-waste-problem/

Wilson, D.C., Velis, C., and Cheeseman, C. (2006). Role of informal sector recycling in waste management in developing countries, in Habitat International. Vol. 30: 797–808.

Wilson, D.C., Araba, A.O., Chinwah, K., and Cheeseman, C.R. (2009). Building recycling rates through the informal sector, in Waste Management. Vol. 29: 629-635.

Vídeo:

Bicycling and recycling in Shanghai: Riding with Shanghai’s ‘rubbish entrepreneurs’, Financial Times, 15 March 2010 (by Patti Waldmeir). Available at: http://www.ft.com/cms/s/0/7906a88a-3005-11df-8734-00144feabdc0.html?siteedition=intl

Legislación:

MOC, 2006. Ministry of Commerce of the People’s Republic China, Suggestions onestablishing the complete and advanced recycling systems of discarded goods.(in Chinese).

MOC, 2007. Ministry of Commerce of the People’s Republic China, Measures for theadministration of recyclable resources recycling. (in Chinese).

Dirty hands, clean streets: Shanghai’s qīngdàofū

Shanghai Qindaofu tricycle collector

Tricycle, Xuhui district, Shanghai

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I watch in silence as the caretaker piles up cardboard on his three-wheeled bicycle cart. Methodically, one after another, he rips the tape off the boxes and flattens them against his chest with his bare hands. Guō Tāo is 50 years old, but looks much older. Perhaps it’s the parsimonious wrinkles of his smile, or the unceremonious language of his hands. His are dry, scarred and sunburned hands; hands that tell the story of someone who has been doing the same thing for a long time. When the pile is about three metres high, he swings a couple of straps over the top and hooks them under the cart. It looks as if the whole thing is going to come down on one side. He goes around, pushing the structure here and there. Finally, he seems reassured and climbs on the saddle, ready to leave. Or not. At that very moment his wife, who until then had been watching him as attentively as I, shouts something at him, goes inside the house, and reappears with two bundles of old newspapers.

I am sitting on a stool in front of a bicycle parking lot at No 632 Baochang Road, which is both the address and name of a typical Chinese gated community in New Jingan district – formerly known as Zhabei district – north of Shanghai’s city centre. I came to help a friend carry out fieldwork for her PhD project on domestic food waste sorting behaviours in the Shanghai municipality.

“How much money does he get for the cardboard?” I ask. My friend turns to the wife, asks, and relays her message, “She says they give him ¥0.4 per kilo of cardboard.” “And for the newspapers?” “Newspapers are worth more, ¥1.2 per kilo. And ¥1.5 for the plastics,” she adds as I set my eyes on a linen bag full of crushed plastic bottles. “How much money does he think he will make on this round?” “That’s about ¥50,” says the wife. ¥50 today is about £5 or $7. I gauge the size of the pile on the cart. There are still more cardboard boxes inside the parking lot, next to the bag with plastics. Maybe he can make a good ¥100, perhaps even ¥150. But he will need to do more than one trip. No problem, Guō Tāo is used to it.

“His are dry, scarred and sunburned hands; hands that tell the story of someone who has been doing the same thing for a long time.”

“OK. But, surely that’s not their only income. How much they get for their work here, taking care of the bins, guarding the bikes, cleaning the common areas…?” My friend chats for while with the wife. The question is sensitive so I watch her gestures and tone as she searches for the right words. By now the caretaker has climbed off the saddle and come towards us, interested that we are interested. Or perhaps just puzzled by my many questions about something he sees as inconsequential, routinely ordinary. They speak with a thick accent, which makes my friend’s Mandarin somewhat intelligible to my untrained ears. “They get about ¥1500 per month.” His curiosity satisfied, Guō Tāo parts slowly, greeting us with his screeching three-wheeled bike. His wife goes back inside, sits on a chair and plugs her face to her mobile phone. I continue asking more questions to my friend.

“¥1500, that’s about £150 today. It doesn’t seem much to live on,” I comment. “No, it is very little. Sometimes the community committee leaders provide them with free accommodation, like the caretakers in this community, and they don’t have to pay the bills.” That free accommodation is, in Guō Tāo’s and his wife’s case, a small room of six square metres in the community’s bicycle parking lot, where they lived cramped with a bed, a wardrobe, a standing fan, and a big round table with a small radio and a flat 20’ TV set which makes impossible to open the small window facing the gate to the community.  Outside the room, next to the bikes, there is another table, on top of which cardboards and plastics gather dust. There is no kitchen, but a gas cooker on a foldable table by the entrance. There is no sink, shower or bathroom within the parking lot, so I guess they make use of the collective facilities.

£150 per month may not seem a lot – it’s not actually, but the caretakers at No 632 Baochang Road are of those who are better-off. Last month, as part of the same project, we visited another community in Putuo district. After finishing our round of waste sorting and analysis, my friend was on her way to the cleaner’s apartment to pay him for his help when I asked if it was OK for me to come along. “Yeah, OK…” she said, doubting, and then “but we must go quick, we don’t want the community committee to know. They don’t like we pay the cleaners directly”. So, I went to a store just across the street, and bought some juices and two package of Oreos, a small ‘thank you token’ for his help earlier, and we walk to the cleaner’s room.

We walked through a narrow corridor, its walls impregnating us with putrid smells, the floor covered with papers, plastics and cigarette butts, and crossed a small door into a dimly lighted space. As I enter their rent-free apartment, I’m greeted by Zhōu Háng (the smiley cleaner as I like to remember him) and the curious stares of his parents, also cleaners. They seem happy, and confused, to see a lăowài bringing them Oreos and drinks. Their home, an improvised apartment inside the community waste garage, leaves me confounded; to the left of the entrance, there is the mountain of domestic waste from households in the community, a compressing and loading machines, and some empty trash cans. To the right, a table, a blasting fan, and a loud TV tuned into the news channel. At the back of the space, lightened by two faint light-bulbs hanging from the ceiling, I glimpse a separate room with two beds; one double, one single. I can’t see any further, but imagine there is a latrine toilet at the back of one of the rooms. My friend pays the cleaner and we leave. Their curious and silent stares, their wide smiles, and the memory of the putrid smells, saturate my memory for a few days.

Shanghai Qindaofu, styrofoam

Shanghai, night collection of styrofoam

It is not uncommon in Shanghai, and in China for that matter, to see men and women, often at night, tumbling trash cans to the floor and sifting through the rubbish for recyclables. These are the same men and women one sees cycling past on rusted, electrically propelled three-wheeled carts, carrying all sorts of materials tied up in unprecedented, and hard-to-imagine equilibrium. They carry plastics, tins and metals, cardboard, newspapers and magazines, polystyrene containers, all sorts of glass, e-waste, construction debris and even green waste. One gets used to seeing them, a part of the urban landscape. I grew up seen cleaners, waste pickers and scavengers carrying cardboard on carts pulled by frail donkeys; “They are like the cartoneros back home,” I usually hear myself saying to my Chinese friends. Yet, I never took a step closer. I never actually stopped to listen to them. To learn about them.

In this part of the world, these men and women are known as qīngdàofū (清道夫), which are words for street cleaners, itinerary garbage collectors, tinkers, waste scavengers and fly-by-night waste pickers. Some work within communities, where they are provided with some sort of accommodation – as is the case of Guō Tāo, Zhōu Háng and their families – and others, many, work in the streets. They are also known as zabbaleen in Egypt, kabariwallas in India, cartoneros and cirujas in Argentina, cachureros in Chile, hurgadores in Uruguay, pepenadores and buscabotes in Mexico, basuriegos, traperos and chatarreros in Colombia, chamberos in Ecuador, and buzos in Costa Rica, hojalateros in Spain, basureros in The Philippines.

Regardless of what they are called or where they work, theirs is a labour-intensive, low-technology, low-paid, unrecorded and unregulated, job. In Shanghai, it is often carried out by older individuals, families who are for the major part illiterate, and immigrants from more rural areas. Unless they are specifically hired by a residential association to work in a community, they are self-employed and have little or no formal legal relationship with the municipal authorities or the recyclables traders. Occasionally, they may be hired for specific sports or cultural events, and that’s when they become the focus of media attention – as it happened during the Shanghai 2010 World Expo.

“They carry plastics, tins and metals, cardboard, newspapers and magazines, polystyrene containers, all sorts of glass, e-waste, construction debris and even green waste. One gets used to seeing them, a part of the urban landscape.”

In China, waste pickers remain largely outside the formal system and are at the lower echelon of the informal recycling sector, which comprises refuse and recycling collection and processing centres, waste collection cooperatives, middlemen such as craftsmen, brokers, traders and wholesalers, and industries buying the raw materials. Basically, the higher up in the ladder, the higher the value of the materials.

Being at the bottom, waste pickers are often exploited by recyclable traders, manufacturing industries and community leaders, the latter often charging fees to even access waste in residential areas. The qīngdàofū also face regular harassment and extortion from both the police and the municipal authorities, with much of the recent public policies and regulations relating to the sector being characteristically negative and repressive. The vulnerability of many waste pickers is further worsened by their status as immigrants, which means reduced access to social services. This is no small issue as the nature of the job is a guarantee for the development of occupation related health problems such as musculo-skeletal problems, respiratory and gastro-intestinal conditions (Wilson 2006).

Despite these unhygienic, unpleasant, humiliating, and hazardous working conditions, in a city like Shanghai, where the 26 million or so residents produce 7.36 million tonnes of domestic waste per day (IOSM 2014), the lack of an efficient and integrated formal waste management system have made the informal recycling sector a social issue, but also a necessity. Recent studies have estimated that 17 to 50% of domestic waste is recycled through this channel (Wilson 2009; Linzner and Salhofer 2014).

Nowadays, the informal recycling in China is driven by the existence of a resale market for the materials; while exact figures are not available, many major Chinese manufacturing industries still depend on the availability of cheap secondary raw materials. Although industries have been importing more and more recyclables from Europe and other regions, locally sourced plastics, metals and cardboard remain a significant resource. Furthermore, the informal sector also helps reduce costs of formal waste collection and transportation, and also provides an abundant supply of work with minimal expenditure per capita investments and infrastructure.

“… in a city like Shanghai, where the 26 million or so residents produce 7.36 million tonnes of domestic waste per day (IOSM 2014), the lack of an efficient and integrated formal waste management system have made the informal recycling sector a social issue, but also a necessity.”

It hasn’t always been like this. Between the 1950-80s, the collection and re-utilization of all usable ‘wastes’ as raw materials was efficiently managed owing to the scarcity of resources. Back then, the Ministry of Commerce was in charge of a massive recovery system for both industrial and municipal wastes with state-run material recovery companies (MRCs) in every city, and residents in urban areas would regularly take their reusable materials to these MRCs. Since the 1980s, the MCRs have been rapidly in decline, as has the habit of sorting waste materials; only a small part of residents still continue the practice of selling reusable and recyclable materials to itinerant waste collectors (Reference Here).

Thus, residents’ sorting behaviours have become a central factor for the development of sustainable municipal waste management systems with high recycling rates, a policy priority for national, regional and local governments (Wilson et al. 2009). Over the past 15 years, several legislations and pilot schemes have been developed to tackle waste sorting at the source. Examples of these are the Law on Circular Economy Promotion which includes a legal framework on waste reduction, reuse and recycling, or Shanghai’s policy on the promotion of domestic waste sorting and reduction at the source, that is at the communities’ households, effective since May 2014 (Li 2016). Local policies have also been accompanied by specific provisions within the country’s latest 5-year plans and government-led multi-city waste sorting pilot projects, such as the 2000 pilot project launched at the eight major cities of Beijing, Shanghai, Guangzhou, Shenzhen, Nanjing, Guilin, Xiamen, Hangzhou.

Many of these policies have not yet proven successful. However, most of them target the sorting of domestic food waste by individual residents, not the sorting, collection and recycling of other materials. This is precisely because the informal recycling sector ‘works’, and quite efficiently it seems; replacing it with an inadequate formal waste management system could threaten the livelihoods of millions of people. In Shanghai, there have been some tepid moves to regulate local garbage collection practices, such as the 2003 pilot project launched by the Shanghai Public Sanitation Bureau and which aimed to reduce fly-by-night waste scavengers by providing uniforms and a fixed salary to 650 immigrant workers across 30 communities in the Huangpu district. While this initiative has now extended to other districts, many are still waste picking and scavenging outside the system.

Guō Tāo’s and Zhōu Háng are qīngdàofū and their hands are dirty. That’s OK because the streets of Shanghai are clean.

 Further reading:

Shanghai Regulates Garbage Collecting, China Internet Information Center. 23 July, 2003. Available at: http://www.china.org.cn/english/MATERIAL/70682.htm

Wilson, D.C., Velis, C., and Cheeseman, C. (2006). Role of informal sector recycling in waste management in developing countries, in Habitat International. Vol. 30: 797–808.

Wilson, D.C., Araba, A.O., Chinwah, K., and Cheeseman, C.R. (2009). Building recycling rates through the informal sector, in Waste Management. Vol. 29: 629-635.

Shanghai Issues Rules for Domestic Waste Separation and Reduction, Information Office of Shanghai Municipality (IOSM). 23 April, 2014. Press Conference. Available at: http://en.shio.gov.cn/presscon/2014/04/23/1153140.html

Linzner, R. and Salhofer, S. (2014). Municipal solid waste recycling and the significance of informal sector in urban China, in Waste Management & Research. Vol. 32(9): 896–907.

Ways Forward from China’s Urban Waste Problem, The Nature of Cities, 1 February 2015 (by Judy Li) Available at: http://www.thenatureofcities.com/2015/02/01/ways-forward-from-chinas-urban-waste-problem/

Fei, F., Qua, L., Wena, Z., Xueb, Y., and Zhanga, H. (2016). How to integrate the informal recycling system into municipal solid waste management in developing countries: Based on a China’s case in Suzhou urban area, in Resources, Conservation and Recycling. Vol. 110: 74-86.

Video:

Bicycling and recycling in Shanghai: Riding with Shanghai’s ‘rubbish entrepreneurs’, Financial Times, 15 March 2010 (by Patti Waldmeir). Available at: http://www.ft.com/cms/s/0/7906a88a-3005-11df-8734-00144feabdc0.html?siteedition=intl

Government Policies:

MOC, 2006. Ministry of Commerce of the People’s Republic China, Suggestions onestablishing the complete and advanced recycling systems of discarded goods.(in Chinese).

MOC, 2007. Ministry of Commerce of the People’s Republic China, Measures for theadministration of recyclable resources recycling. (in Chinese).

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