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Historias publicadas en español

Manos sucias, calles limpias. Qīngdàofū de Shanghai

Shanghai Qindaofu tricycle collector

Triciclo, distrito Xuhui, Shanghai

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El portero apila las cajas de cartón en el carro de su triciclo de una manera casi científica. Lo observo callado mientras él, meticulosamente, agarra las cajas una tras otra, les saca esa cinta adhesiva marrón que las hace caja, y las transforma en cartones que al toque aplana apretándo contra el pecho. El portero se llama Guō Tāo y tiene unos 50 años, pero parece mucho más viejo. Quizás son las arrugas de su sonrisa parsimoniosa, o el lenguaje poco ceremonioso de sus manos. Las suyas son manos secas, rasgadas… quemadas. Manos que te cuentan la historia de alguien que hace mucho tiempo hace la misma cosa. Cuando la pila de cartones alcanza los tres metros, Guō Tāo rodea el carro, las suelas de sus zapatos raspando el piso, y sujeta los cartones con unas correas. El resultado es el de una estructura arquitectónica de diseño particular; ese que parece que todo se va a venir abajo en cualquier momento. Entonces, fiel a su estilo flotante, Guō Tāo se desliza una vez más por el espacio, empujando la pila de cartones acá y allá. Ingeniería básica. Finalmente, satisfecho de que no se van a caer se sube al triciclo, listo para salir. O no. Porque justo en ese mismo momento su esposa le grita algo que no entiendo, se va a adentro de la casa, y vuelve con dos tocos de periódicos viejos atados con bolsas de nylon de supermercado.

Estoy sentado en una banqueta frente a un aparcamiento de bicis en la calle Baochang al 632, que viene ser al mismo tiempo el nombre y la dirección de una típica comunidad residencial china en el distrito de Jingan, anteriormente conocido como distrito Zhabei, al norte del conurbano de Shanghai. He venido darle una mano a mi amiga Dông Yín con su proyecto de investigación sobre las conductas de separación y clasificación de desechos de comida domésticos en la municipalidad de Shanghai.

“Cuánto le dan por el cartón?” le pregunto a Dông Yín. Ella se da vuelta hacia la esposa, pregunta, y me traduce, “Dice que le dan unos ¥0.4 por kilo.” “¿Y los periódicos?” “Los diarios valen un poco más, ¥1.2 por kilo. Y unos ¥1.5 por los plásticos,” agrega al ver que mis ojos se clavan en una bolsa de lino llena de botellas aplastadas. “¿Cuánto cree que le van a dar con esta ronda?” “¿Con lo que tiene en el carro? y unos ¥50,” dice la esposa. ¥50 hoy son £5 o $7. Estimo el tamaño de la pila en el carro. Hay más cajas de cartón para aplastar dentro del estacionamiento, junto a la bolsa con plásticos. A lo mejor llega a hacer unos ¥100, quizás hasta ¥150. Pero va a necesitar hacer varios viajes. No hay drama, Guō Tāo está acostumbrado.

“Las suyas son manos secas, rasgadas… quemadas.  Manos que te cuentan la historia de alguien que hace mucho tiempo hace la misma cosa.”

“Bueno. Pero, seguro que eso no es todo lo que gana. ¿Cuánto le pagan por trabajar acá, cuidando las bicicletas, las motos, limpiar las áreas comunes, sacar la basura…?” Mi amiga se queda hablando un buen rato con la esposa de Guō Tāo. La pregunta debe de ser un poco delicada, observo cómo mi amiga articula cuidadosamente sus gestos y el tono al hablar buscando las palabras adecuadas. A esta altura, el mismo portero ya se bajó del triciclo y se acercó hasta nosotros, como preguntándose sobre qué estamos interesados. O quizás confundido por mis tantas preguntas sobre algo que él ve inconsecuente, normal, ordinario. Ellos hablan con un acento grueso que hace que el mandarín de mi amiga sea de alguna forma más inteligible a mis oídos inexpertos. “Le pagan ¥1.500 por mes,” me dice finalmente. Satisfecha su curiosidad, Guō Tāo se marcha lentamente, despidiéndonos con el chirrido de su triciclo. Su esposa se sienta en una silla y enchufa su cara al celular. Yo continúo con las preguntas a mi amiga.

“¥1.500, al cambio de hoy, son más o menos £150. No parece mucho para vivir un mes,” le comento. “No, es muy poco. A veces el comité de la comunidad les provee con alojamiento gratis, como el caso del portero en esta comunidad, y tampoco les cobran el agua, el gas o la luz.” Ese alojamiento gratis del que habla ella es, en el caso de Guō Tāo y su esposa, una habitación de seis metros cuadrados dentro del estacionamiento de bicicletas de la comunidad, donde viven apretados con una cama de dos plazas, un ropero, un ventilador de pie, y una mesa grande redonda sobre la que se hayan una pequeña radio y un televisor pantalla plana de 20’ que hace imposible poder abrir la ventana que da a la entrada de la comunidad. Afuera del cuarto, junto a las bicicletas, otra mesa, con cartones y plásticos encima acumulando polvo. No hay cocina, pero tienen un calentador a gas sobre una mesita plegable junto a la puerta de la entrada. No hay pileta, ducha o baño dentro del estacionamiento, calculo deben de usar los baños comunales.

£150 al mes parece poco. Es poco, pero al portero de la Baochang al 632 es a uno de los que mejor le va. Hace un mes, como parte del mismo proyecto de investigación, visitábamos otra comunidad con Cháng Jün, también estudiante de doctorado, en el distrito de Putuo. Luego de terminar de pesar los tachos de la comunidad y analizar la basura, Jün se dirigía a la residencia del limpiador para pagarle por su ayuda, cuando le pregunté si podía acompañarle. “Si, no hay problema…” me dijo, dudando, y luego “pero vamos rápido, no queremos que se enteren los del comité. A ellos no les gusta que le paguemos a los limpiadores directamente.” Me cruzo hasta un almacén que está justo sobre la esquina, y compro dos jugos y dos paquetes de galletas Oreos, pequeña muestra de agradecimiento, y caminamos hasta su apartamento.

Caminamos por un estrecho pasillo, las paredes impregnandonos de olores putrefactos, el suelo tapado de papeles, plásticos y puchos de cigarrillo, y cruzamos una puerta que da a un espacio con poca luz. Al entrar, soy recibido por Zhōu Háng (el limpiador con sonrisa, como me gusta recordarle) y las miradas curiosas de sus padres, también limpiadores. Parecen contentos, y confundidos, de ver a un lăowài trayéndoles Oreos y bebida. Su hogar, un apartamento improvisado dentro del garaje a donde van a parar todos los desechos de la comunidad, me deja pasmado; a la izquierda de la entrada, una montaña de basura, una maquina compresora y otra para la carga y descarga de residuos, y unos tachos de basura vacíos. A la derecha, una mesa, un ventilador a todo lo que da, y un televisor sintonizando el canal de las noticias a todo volumen. Al fondo del espacio, iluminado por dos tenues lámparas que cuelgan del techo, alcanzo a ver un cuarto separado con dos camas; de una y dos plazas. No puedo ver más allá, pero me imagino un baño con letrina al final del cuarto. Mi amiga le paga Zhōu Háng lo acordado y nos vamos. Sus miradas curiosas y silenciosas, sus anchas sonrisas, y el recuerdo del olor, saturan mi memoria por un par de días.

Shanghai Qindaofu, styrofoam

Shanghai, recogida nocturna de tergopol

En Shanghai, y en China, no es raro ver a hombres y mujeres, a menudo de noche, tirando tachos de basura al suelo, revolviendo la basura en busca de reciclables. Estos son los mismos hombres y mujeres que después uno ve pasar en triciclos propulsados con un motorcito eléctrico. Los triciclos tiran de carros siempre viejos, siempre oxidados, y van cargados de todo tipo de materiales y con equilibrio sin precedentes y difícil de imaginar. Llevan plásticos, latas y metales, cartones, periódicos y revistas, recipientes de tergopol, todo tipo de vidrios, desechos eléctricos, escombros e incluso basura orgánica. Uno se acostumbra a verles, son parte del paisaje urbano. Yo crecí viendo limpiadores llevando cartones en carros tirados por burros demacrados; “Son como los cartoneros en mi país,” me suelo escuchar decirles a mis amigos chinos. Pero nunca me acerqué a ellos. Nunca me paré a escucharlos, a conocerlos.

En esta parte del mundo, a estos hombres y mujeres se los conoce como qīngdàofū (清道夫), que es lo mismo que decir limpiadores, recolectores de basura itinerantes, hojalateros, o carroñeros de basura nocturnos. Algunos trabajan en comunidades, en donde se los provee con algún tipo de alojamiento – como es el caso de Guō Tāo, Zhōu Háng y sus familias – otros, muchos, trabajan y viven en la calle. También se los conoce como zabbaleen en Egipto, kabariwallas en India, cartoneros y cirujas en Argentina, cachureros en Chile, hurgadores en Uruguay, pepenadores y buscabotes en Mexico, basuriegos, traperos y chatarreros en Colombia, chamberos en Ecuador, buzos en Costa Rica, hojalateros en España, basureros en Filipinas.

Independientemente de lo que se los llame o de donde trabajen, el suyo es un trabajo intensivo, de bajos recursos, mal pagado, indocumentado e irregular. Es un trabajo que, por lo general y al menos en Shanghai, lo hacen los viejos o miembros de familias quienes en su mayoría son analfabetos, pobres, o inmigrantes de las zonas más rurales. A no ser que una asociación residencial los contrate específicamente para trabajar en una comunidad, estas personas trabajan independientemente, su vínculo formal y legal con las autoridades municipales y los centros de reciclaje es mínimo o inexistente. Ocasionalmente, puede que se los contrate para eventos deportivos o culturales especiales, y ahí es cuando se convierten en el foco de atención de los medios de comunicación – como supo suceder durante la Expo 2010 de Shanghai.

“Llevan plásticos, latas y metales, cartones, periódicos y revistas, recipientes de tergopol, todo tipo de vidrios, desechos eléctricos, escombros e incluso basura orgánica. Uno se acostumbra a verles, son parte del paisaje urbano.”

En China, los qīngdàofū trabajan fuera del sistema formal de recolección de residuos y reciclables, se encuentran en el escalón más bajo del sector informal. Sector que comprende centros de recolección de desechos y reciclables, centros de procesamiento, cooperativas de basura, y agentes intermediarios como artesanos, negociadores, comerciantes y venderores mayoristas, e industrias que compran materias primas. Básicamente, mientras más alto en la escala de este sector informal, más alto el valor de los materiales.

El hecho de que estén en el escalón inferior de este sistema, hace que los basureros sean explotados frecuentemente por los vendedores de reciclables, fabricantes y líderes de las comunidades, estos últimos muchas veces incluso cobran el acceso a la basura en las áreas residenciales. Los qīngdàofū también sufren regularmente el acoso y la extorsión por parte de la policía y las autoridades municipales, con muchas de las políticas públicas más recientes del sector característicamente negativas y represivas. La vulnerabilidad de muchos de estos basureros se vuelve peor aún a causa de su estatus como inmigrantes, ya que se les hace difícil el acceso a los servicios sociales. Esto no es un problema menor, ya que el tipo de trabajo que llevan a cabo es casi garantía de enfermedades y problemas ocupacionales como trastornos musculares y óseos, problemas respiratorios y complicaciones gastrointestinales (Wilson et al. 2006).

A pesar de lo insalubre, desagradable, humillante, y peligroso del trabajo, en una ciudad como Shanghai, donde sus más de 26 millones de residentes producen 7.36 millones de toneladas de desperdicio doméstico por día (IOSM 2014), la falta de un sistema formal de recolección y tratamiento de la basura eficientemente integrado ha hecho de este sistema de reciclado informal tanto un problema social como una necesidad. Según estudios recientes se estima que entre el 17 y 50% de los desechos domésticos son reciclados a través de este método (Wilson et al. 2009; Linzner and Salhofer 2014).

Hoy en día, el reciclado informal en China es impulsado por la existencia de un mercado para la compra y reventa de materias primas. Aunque no se dispone de cifras exactas, es un hecho que muchos fabricantes e industrias de China aún dependen de la disponibilidad y bajo coste de estos materiales. Si bien hoy en día las industrias en la región importan cada vez más reciclables de Europa, los plásticos, metales y cartones locales, continúan siendo una fuente importante de aprovisionamiento. El sector informal no solo contribuye a reducir los costos del sistema formal de recolección de la basura y su transporte, sino que también proporciona una amplia fuente de trabajo con mínimos costes de inversión per cápita e infraestructura.

“… en una ciudad como Shanghai, donde sus más de 26 millones de residentes producen 7.36 millones de toneladas de desperdicio doméstico por día, la falta de un sistema formal de colección y tratamiento de la basura eficiente e integrado han hecho de este sistema de reciclado informal, a la vez un problema social y una necesidad.”

No siempre ha sido así. Entre los años ‘50 y ‘80, la recogida y reutilización de todos los “residuos” como materias primas, era eficientemente gestionada debido a la escasez de recursos. En aquel entonces, el Ministerio de Comercio estaba a cargo de un sistema de recuperación masiva de residuos industriales y municipales a través del establecimiento de empresas estatales de recuperación de materiales (MRC, en sus siglas en inglés) dispuestas en cada ciudad. Los residentes de las zonas urbanas traían sus reciclables regularmente a los MRC. De los ’80 en adelante, el uso de los MCR fue disminuyendo rápidamente, al igual que el hábito de los residentes de separar los materiales reutilizables de los demás desechos; sólo una mínima parte de los residentes todavía continúan con la práctica de separar y vender los materiales reutilizables y reciclables de la basura para después vendérselos a los qīngdàofū (Fei et al. 2016).

De esta forma, los comportamientos de clasificación y separación de la basura de los residentes se ha convertido en un factor fundamental para el desarrollo de sistemas de gestión de residuos municipales sustentables con altas tasas de reciclaje, y una prioridad política tanto para los gobiernos nacionales, regionales y locales (Wilson et al., 2009). Durante los últimos 15 años se han llevado a cabo distintas políticas para abordar la separación y clasificación de residuos desde el punto de origen. Ejemplos de estas políticas son la Ley de la Circular de Promoción de la Economía, que incluye un marco jurídico sobre la reducción de residuos, su reutilización y reciclado, o más recientemente una ley que promueve la separación de los residuos domésticos y su reducción desde su punto de origen, es decir los domicilios en las comunidades residenciales, impulsada por la municipalidad de Shanghai y en vigor desde mayo de 2014 (Li 2016). A estas políticas locales se le han sumado disposiciones concretas para la separación y clasificación de desechos en los últimos dos planes quinquenales del gobierno. Otras medidas incluyen proyectos piloto en las grandes metrópolis, tales como el aquel lanzado en las ocho mayores ciudades de Beijing, Shanghai, Guangzhou, Shenzhen, Nanjing, Guilin , Xiamen, de Hangzhou en el año 2000.

Muchas de estas políticas aún no han tenido éxito. La mayoría de estas medidas se centran en la separación de los residuos de alimentos por parte de los residentes, y no la separación, recogida y reciclaje de otros materiales. Esto es precisamente porque el sector informal de reciclaje ‘funciona,’ y al parecer es bastante eficiente. Reemplazarlo con un sistema formal de gestión de residuos actualmente desactualizado e inadecuado podría poner en peligro la fuente de ingresos de millones de personas. En Shanghai, ya ha habido intentos, tibios, de regular la recolección de basura por parte de los qīngdàofū, tal como un proyecto iniciado en el 2003 por la Oficina de Sanidad Pública de Shanghai con el objetivo reducir la practica informal de recogida de residuos, proveyendo a los qīngdàofū, en su mayoría trabajadores inmigrantes, de uniformes y un sueldo fijo de ¥650 en 30 comunidades del distrito de Huangpu. Si bien esta iniciativa hoy se extiende a otros distritos, muchos continúan separando y recogiendo residuos de forma informal.

Guō Tāo’s y Zhōu Háng son qīngdàofū y sus manos están sucias. Y no hay drama porque así las calles de Shanghai están limpias.

Lectura adicional:

Fei, F., Qua, L., Wena, Z., Xueb, Y., and Zhanga, H. (2016). How to integrate the informal recycling system into municipal solid waste management in developing countries: Based on a China’s case in Suzhou urban area, in Resources, Conservation and Recycling. Vol. 110: 74-86.

Li, Ziyin, (2016). Development and Use Of A Framework To Analyse Food Waste Sorting Programs. PhD Thesis (unpublished). Fudan University, Shanghai, China.

Linzner, R. and Salhofer, S. (2014). Municipal solid waste recycling and the significance of informal sector in urban China, in Waste Management & Research. Vol. 32(9): 896–907.

Shanghai Regulates Garbage Collecting, China Internet Information Center. 23 July, 2003. Available at: http://www.china.org.cn/english/MATERIAL/70682.htm

Shanghai Issues Rules for Domestic Waste Separation and Reduction, Information Office of Shanghai Municipality. 23 April, 2014. Press Conference. Available at: http://en.shio.gov.cn/presscon/2014/04/23/1153140.html

Ways Forward from China’s Urban Waste Problem, The Nature of Cities, 1 February 2015 (by Judy Li) Available at: http://www.thenatureofcities.com/2015/02/01/ways-forward-from-chinas-urban-waste-problem/

Wilson, D.C., Velis, C., and Cheeseman, C. (2006). Role of informal sector recycling in waste management in developing countries, in Habitat International. Vol. 30: 797–808.

Wilson, D.C., Araba, A.O., Chinwah, K., and Cheeseman, C.R. (2009). Building recycling rates through the informal sector, in Waste Management. Vol. 29: 629-635.

Vídeo:

Bicycling and recycling in Shanghai: Riding with Shanghai’s ‘rubbish entrepreneurs’, Financial Times, 15 March 2010 (by Patti Waldmeir). Available at: http://www.ft.com/cms/s/0/7906a88a-3005-11df-8734-00144feabdc0.html?siteedition=intl

Legislación:

MOC, 2006. Ministry of Commerce of the People’s Republic China, Suggestions onestablishing the complete and advanced recycling systems of discarded goods.(in Chinese).

MOC, 2007. Ministry of Commerce of the People’s Republic China, Measures for theadministration of recyclable resources recycling. (in Chinese).

600 metros y mil grullas de papel

Grullas de papel. Monumento a la Paz de los Niños, Hiroshima

Grullas de papel. Parque Memorial a la Paz. Hiroshima, 12 de mayo de 2016.

これはぼくらの叫びです
Kore wa bokura no sakebi desu,
これは私たちの祈りです
koreha wa watashitachi no inoridesu
世界に平和をきずくための
Sekai ni heiwa o kizuku tame no.

Este es nuestro llanto,
esta es nuestra plegaria:
Para construir paz en el mundo.

El primer grupo de chicos se pone de pie y camina hasta donde está la estatua. Son unos quince y, a pesar del calor, van todos de uniforme; las chicas con sus blusas blancas de cuello azul estilo marinero y faldas plisadas, los chicos con sus trajes negro carbón de corte mandarín abotonados hasta el cuello. Rigurosa sobriedad del uniforme que rematan con zapatos negros las chicas y zapatillas blancas los chicos, y me recuerdan a algún personaje de manga.

Tres estudiantes pasan al frente y comienzan a leer un mensaje escrito en un papel color azul que se van pasando de mano en mano. Cuando terminan, uno de los profes se acerca y les entrega lo que a primeras parece una guirnalda, pero que en realidad son centenares de pajaritos de origami con los colores del arco iris entrelazados entre sí y atados con un hilo poliéster. Uno de los estudiantes lo recibe y se va a colgarlo en las vidrieras detrás de la estatua, donde otros miles de pajaritos de distintos tamaños y colores son expuestos.

La estatua es un pedestal de cemento de tres pilares de unos nueve metros sobre la que restan tres figuras de bronce. Arriba, la de una chica levantando una grulla entre sus manos y a los costados un chico y una chica aparecen volando. Debajo del pedestal, una campana de la que cuelga otra grulla dorada de bronce. Se trata del Monumento a la Paz de los Niños construido para conmemorar a Sasaki Sadako, una de las más de 140.000 víctimas de la bomba atómica que cayó en Hiroshima el 8 de agosto de 1945, a las 8.15 AM.

Sadako, que sólo tenía dos años cuando fue expulsada por una ventana por la fuerza de la explosión, murió diez años después de leucemia. Un año antes de morir, una compañera del hospital le contó sobre la leyenda; ‘Si doblas mil grullas de papel, se te cumplirá cualquier deseo.’ Sadako no dobló mil, sino 1.400 grullas. Y hoy, siguiendo el ejemplo de sus compañeras de colegio que continuaron doblando grullas para Sadako, todos los días miles de grullas de todos los sitios del mundo llegan hasta este lugar para recordarla.

Grulla de bronce, Monumento a la Paz de los Niños. Hiroshima.

Grulla de bronce en el Monumento a la Paz de los Niños, Parque Memorial a la Paz. Hiroshima, 12 de mayo de 2016.

La grulla siempre ha sido símbolo de longevidad, y eso es lo que quería Sadako. Pero con el tiempo al pájaro de papel se le ha dado otro significado – la paz.

Ahora le toca a otra clase. Estos van sin uniforme y con gorras de color rojo. Se paran frente a la estatua y ahí se quedan, quietos y en silencio, contemplándola. De repente una de las chicas grita algo, después otro chico, y luego otros dos al mismo tiempo. Y así todo el grupo antes de ponerse a cantar. Detrás de ellos, otras clases de primaria y secundaria esperan su turno sentados en el suelo.

Llegamos a Hiroshima a la madrugada en un colectivo nocturno proveniente de Osaka. Mi primera imagen de la ciudad fue la luz dorada del sol levantándose por detrás de las montañas. Luego de dejar nuestras mochilas el hostal, caminamos hasta el parque del memorial. A primera vista, Hiroshima resulta una ciudad típica japonesa; edificios altos y de arquitectura moderna, calles estrechas y limpias, sin vereda, con máquinas dispensadoras de bebidas en las esquinas, y por las que pasan bicicletas holandesas, hombres y mujeres de traje impecable, y chicos de uniforme con sus mochilas rígidas y cargadas de libros.

Resulta embarazoso pensar que llegué a este lugar esperando ver más restos de destrucción, más catástrofe, más cicatrices de bomba. ¿Dónde están los edificios dilapidados y los puentes derrumbados? ¿Dónde están los escombros?

Si bien el resurgimiento de esta próspera ciudad se explica en parte por la gestión estadounidense y británica durante la ocupación a partir del  ’45 y la expansión económica de los ‘60 y ‘70, se debe también al esfuerzo y la solidaridad de los mismos residentes que empezó al día siguiente de la aniquilación. Fotos en blanco y negro en el museo de la bomba muestran como, a horas de la explosión, ya llegaban voluntarios a asistir a los sobrevivientes. En menos de 24 horas, al menos un 30% de hogares ya contaban con electricidad, dos días después el tranvía ya estaba de vuelta en funcionamiento, y para mediados de agosto de 1945 varias líneas telefónicas ya habían sido reparadas y otras nuevas puestas en funcionamiento.

A medida que nos acercamos al epicentro de la explosión, como si fueran migas de pan esparcidas por las veredas, nos vamos encontrando con indicios del traumático pasado de esta ciudad; un puente inmaculado que sobrevivió a la explosión, un edificio de grandes almacenes que hace 71 años fue volado a pedazos pero que cuya estructura milagrosamente no se cayó y que hoy tiene un cartel gigante de Luis Vuitton, y a una cuadra del parque del memorial, un cartelito chiquito sobre una vereda a la sombra que te revela que exactamente ahí, a unos 600 metros de altura, explotó Little Boy (El Niñito).

Un ciclista aparca su bicicleta frente al esqueleto de ladrillos y hierros del Domo de la Bomba-A, y apoya un cartel contra la rueda trasera; No more Hiroshimas (No más Hiroshimas). A unos metros, apoyado sobre un árbol, un hombre vestido con un polo verde y pantalón tipo pescador charla con un periodista y un cameraman en lo que parece ser un descanso durante la producción de un documental. Y más allá, al lado del canal que cruza el parque, una mujer exhibe varias carpetas en distintos idiomas. Agarramos una y hojeamos. Son relatos en primera persona, extractos de Wikipedia, diagramas del área de explosión, explicaciones técnicas de los efectos de radiación y fotos horrorosas de chicos nacidos con deformidades. Nos volvemos para ver el domo desde otro ángulo. Un andamiaje rodea gran parte de la estructura y un cartel nos informa que están montando soportes para prevenir su derrumbe ante un posible terremoto. Lo que la humanidad no pudo tirar abajo, no vaya ser que la naturaleza lo termine haciendo.

Sankichi Toge, poeta y pacifista sobreviviente de la bomba, ganó una competición en 1946 lanzada por un periódico local que llamaba a residentes a presentar proyectos para la futura reconstrucción de la ciudad. De su visión nació el parque del Memorial de la Paz de Hiroshima. Y el parque respira eso, paz. Lleno de árboles y espacios verdes, uno se sorprende, y agradece, por la falta de esos referentes turísticos hoy tan comunes; no hay cafés, no hay restaurantes, no hay quioscos, no hay negocios de suvenires y postales. Uno tiene que caminar unos 15 minutos afuera del parque para toparse con el primer supermercado. Es un lugar de contemplación, de viejos jugando al Go, de jardineros atentos a los arreglos florales, de limpiadores, de turístas que caminan en silencio sacando fotos, y de grupos de estudiantes que se dedican a entrevistar a los extranjeros para practicar su inglés.

Sin embargo, la siempre imponente presencia del Domo de la Bomba-A, que supo ser la sede de la promoción industrial de la prefectura de Hiroshima, y los estudiantes que se te acercan para entrevistarte, te recuerdan constantemente dónde estás y porqué viniste acá. Apenas llegamos al parque, una chica se me acercó y me entrevistó. Al pasarme el formulario para que escribiera mi nombre, pude leer las instrucciones del profesor en inglés: ‘Make eye contact,’ ‘Smile,’ ‘Speak loud and clear’ y ‘Remember to say Thank you and Goodbye’. Cuando le devolví el formulario me devolvió un ‘Thank you’ con una sonrisa y  se fue pegando saltitos con sus compañeras de clase. Más allá del ‘what is your name?’ o el ‘where are you from?’, algunos de los chicos te queman con preguntas más profundas. Hace un rato otra chica nos preguntó, ‘Hay gente que piensa que tirar la bomba atómica sobre Hiroshima y Nagasaki era necesario, ¿usted qué piensa?’, o ‘¿Qué emociones le ha producido visitar Hiroshima? ¿Es la primera vez que viene?’

Domo de la Bomba-A, Hiroshima.

Domo de la Bomba-A, Parque Memorial de la Paz. Hiroshima, 12 de mayo de 2016.

El gobierno de Estados Unidos no pide perdón por haber tirado la bomba. De hacerlo, se leería como si estuviesen perdonando los crímenes de guerra de Japón. El mayor argumento a favor de haber tirado la bomba se basa en una cuestión ‘práctica’ y va sobre que esa era la forma más humana y ‘efectiva’ de hacer capitular a Japón y terminar con la guerra del Pacífico con la menor cantidad de casualidades posibles. Otros, como China, van más lejos y dicen incluso que la catástrofe fue responsabilidad sola de Japón que provocó la bomba con sus crímenes de guerra a sus vecinos del sudeste asiático. Japón mismo reconoce su responsabilidad, aunque tampoco pide perdón, y condena el hecho como un crimen de guerra y holocausto. Corea del Sur, en cambio, pide que por favor no se sobre-victimice a Japón y que no se olviden de las víctimas coreanas de la bomba, muchas de ellas trabajadores forzados que en ese momento se encontraban en Hiroshima, y que Japón suele llamar ‘voluntarios’. Y así.

Mientras se discute lo absurdo, sobre si una bomba atómica era necesaria, mientras se echan la culpa unos a otros y se pasan las responsabilidades como postas en una carrera, al menos tres hechos continúan siendo una lamentable realidad. La  primera es que pedir perdón sigue siendo un juego político.

La segunda es que, a pesar de la ratificación de varios tratados estableciendo zonas libres de toda fabricación y prueba de armas nucleares y los llamados a la paz y al desarmamiento nuclear total, la proliferación de armas de destrucción masiva sigue siendo un hecho en crescendo. Rusia continua siendo una amenaza atómica, a Francia que las políticas verdes no se atrevan a tocar la energía nuclear, ¿cómo se van a atrever?, en Estados Unidos triplican su presupuesto en armamiento nuclear, Iran es un enigma, Corea del Norte que lanza cohetes al cielo con capacidad para albergar cabezas nucleares como si se tratase de cuetes en año nuevo, y China saca a pasear preventivamente submarinos al Pacífico.

Por último, y más allá de todo esto, muchos temen que la memoria y las experiencias de lo que realmente implica una bomba nuclear se diluyan y desaparezcan con el paso del tiempo. La media de edad de los 183.519 hibakusha, sobrevivientes de la bomba, es superior a los 80 años. Les queda poca arena en el reloj.

Mientras, el Museo del Memorial de la Paz de Hiroshima, con su horrífica y a la vez brutalmente honesta exhibición, se encarga de que esto no suceda haciéndonos sentir el pasado. Ya no solo con las fotos de la destrucción de edificios o las fotos en blanco y negro del hongo de la explosión, sino con la escandalosa crudeza de unos maniquíes de chicos caminando como zombis con los dedos de las manos derretidas y la ropa quemada, lo surrealista de unas cucharas de plata derretidas y pegadas por el calor, lo grotesco del triciclo de un nene calcinado, o incluso lo inverosímil e inconmensurable como la sombra humana de alguien que existió y se desvaneció en cuestión de segundos sobre unas escaleras de piedra.

Salimos del museo, mareados de pensamientos y atragantados de emociones. En el pasillo que da a la puerta de salida, hay varios libros para dejar comentarios y pilas de formularios para una petición a las Naciones Unidas de los Alcaldes por la Paz llamando a la abolición total de las armas nucleareas. Una estudiante se acerca a uno de los libros, saca un lápiz de su cartuchera y escribe en japonés e inglés:

なのに, 平和の道まだ遠い
And yet, 71 years on, we are still so far from peace

Y aún, 71 años después, seguimos estando lejos de la paz

Más sobre Hiroshima y Nagasaki:

Trans-Mongoliano. Etapa 2: Siberia

Omsk - Ulaanbaatar

Omsk – Ulaanbaatar

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Jueves 4 de junio, pasado el mediodía. Saliendo de Omsk

Alla sin acento, no es un error de ortografía en castellano sino la mamá de Liza, nuestra anfitriona. La vieja nos pide que nos saquemos las zapatillas y nos pongamos las pantuflas que están en la entrada. Después de ver nuestro cuarto y dejar las mochilas, pasamos a la cocina y nos sentamos en una mesa redonda cubierta con un mantel de plástico amarillo con dibujos de flores en macetas (describir más: cuarto frío, oscuro, cortina sucia tapa la luz, agujeritos de cigarrillo apagados sobre el mantel).

Alla pone una pava de aluminio a calentar. “¿Tea, coffee?” nos pregunta en inglés. Con un vaso de agua me bastaría, pero parece imprudente decirle que no. “¿Café tiene?” le pregunto. “Sí, claro,” y ahí no más saca un jarro de aluminio (o era cobre?) de dentro del horno. Cierra el horno con tanta fuerza que parece que la cocina se derrumba. De un mueblecito de madera oscuro saca un envase de plástico y echa dos cucharadas de café molido y, con el cuidado de alguien que riega el pasto, vierte un poco del agua de la olla al jarro y lo pone a calentar. Café al estilo turco, y seguro que me lo da negro y sin azúcar. Elona se contenta con un saquito de EarlGrey de la cajita de lata sobre la mesa.
Acabamos de llegar, y el apartamento sobre la calle-

“Elona, ¿cuál era el nombre de la calle del apartamento en San Petersburgo?”

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Trans-Mongoliano. Etapa 1: Anticlímax

St Petersburg - Omsk

St Petersburg – Omsk

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Miércoles 3 de junio. Pasando por Perm, camino a Yekaterinburg

Apoyado con mis brazos sobre la ventana del pasillo que da al sur, la veo pasar. Brillante, gigante esférica, se manifiesta a través de las ramas de los árboles. Un manto de nubes intenta disimular su esplendor, pero la luz logra pasar tiñendo todo el bosque de un halo grisáceo, fantasmagórico casi. Es tan clara la noche que incluso se pueden distinguir los verdes de los arbustos y pinos. Con cuidado asomo la cabeza un poco hacia afuera para ver la punta del tren que justo toma una curva. El aire me pega en la cara, me congestiona la nariz. Impetuoso, el aparato tira de los vagones mientras va iluminando el camino con sus luces. Profundas espadas que perforan la noche siberiana. Con su carrocería verde, ahí va, enorme gusano en su infatigable marcha hacia el este. No va rápido, no puede, incluso a veces desacelera porque los rieles no están en buen estado. Pero aun así le alcanza para dejar atrás a la luna que se aparece por la izquierda de la ventana y lentamente se va moviendo hacia la derecha. Alguien pasa por el pasillo, me distraigo, y ya está de nuevo la luna apareciéndose por el sudeste.

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