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600 metros y mil grullas de papel

Grullas de papel. Monumento a la Paz de los Niños, Hiroshima

Grullas de papel. Parque Memorial a la Paz. Hiroshima, 12 de mayo de 2016.

これはぼくらの叫びです
Kore wa bokura no sakebi desu,
これは私たちの祈りです
koreha wa watashitachi no inoridesu
世界に平和をきずくための
Sekai ni heiwa o kizuku tame no.

Este es nuestro llanto,
esta es nuestra plegaria:
Para construir paz en el mundo.

El primer grupo de chicos se pone de pie y camina hasta donde está la estatua. Son unos quince y, a pesar del calor, van todos de uniforme; las chicas con sus blusas blancas de cuello azul estilo marinero y faldas plisadas, los chicos con sus trajes negro carbón de corte mandarín abotonados hasta el cuello. Rigurosa sobriedad del uniforme que rematan con zapatos negros las chicas y zapatillas blancas los chicos, y me recuerdan a algún personaje de manga.

Tres estudiantes pasan al frente y comienzan a leer un mensaje escrito en un papel color azul que se van pasando de mano en mano. Cuando terminan, uno de los profes se acerca y les entrega lo que a primeras parece una guirnalda, pero que en realidad son centenares de pajaritos de origami con los colores del arco iris entrelazados entre sí y atados con un hilo poliéster. Uno de los estudiantes lo recibe y se va a colgarlo en las vidrieras detrás de la estatua, donde otros miles de pajaritos de distintos tamaños y colores son expuestos.

La estatua es un pedestal de cemento de tres pilares de unos nueve metros sobre la que restan tres figuras de bronce. Arriba, la de una chica levantando una grulla entre sus manos y a los costados un chico y una chica aparecen volando. Debajo del pedestal, una campana de la que cuelga otra grulla dorada de bronce. Se trata del Monumento a la Paz de los Niños construido para conmemorar a Sasaki Sadako, una de las más de 140.000 víctimas de la bomba atómica que cayó en Hiroshima el 8 de agosto de 1945, a las 8.15 AM.

Sadako, que sólo tenía dos años cuando fue expulsada por una ventana por la fuerza de la explosión, murió diez años después de leucemia. Un año antes de morir, una compañera del hospital le contó sobre la leyenda; ‘Si doblas mil grullas de papel, se te cumplirá cualquier deseo.’ Sadako no dobló mil, sino 1.400 grullas. Y hoy, siguiendo el ejemplo de sus compañeras de colegio que continuaron doblando grullas para Sadako, todos los días miles de grullas de todos los sitios del mundo llegan hasta este lugar para recordarla.

Grulla de bronce, Monumento a la Paz de los Niños. Hiroshima.

Grulla de bronce en el Monumento a la Paz de los Niños, Parque Memorial a la Paz. Hiroshima, 12 de mayo de 2016.

La grulla siempre ha sido símbolo de longevidad, y eso es lo que quería Sadako. Pero con el tiempo al pájaro de papel se le ha dado otro significado – la paz.

Ahora le toca a otra clase. Estos van sin uniforme y con gorras de color rojo. Se paran frente a la estatua y ahí se quedan, quietos y en silencio, contemplándola. De repente una de las chicas grita algo, después otro chico, y luego otros dos al mismo tiempo. Y así todo el grupo antes de ponerse a cantar. Detrás de ellos, otras clases de primaria y secundaria esperan su turno sentados en el suelo.

Llegamos a Hiroshima a la madrugada en un colectivo nocturno proveniente de Osaka. Mi primera imagen de la ciudad fue la luz dorada del sol levantándose por detrás de las montañas. Luego de dejar nuestras mochilas el hostal, caminamos hasta el parque del memorial. A primera vista, Hiroshima resulta una ciudad típica japonesa; edificios altos y de arquitectura moderna, calles estrechas y limpias, sin vereda, con máquinas dispensadoras de bebidas en las esquinas, y por las que pasan bicicletas holandesas, hombres y mujeres de traje impecable, y chicos de uniforme con sus mochilas rígidas y cargadas de libros.

Resulta embarazoso pensar que llegué a este lugar esperando ver más restos de destrucción, más catástrofe, más cicatrices de bomba. ¿Dónde están los edificios dilapidados y los puentes derrumbados? ¿Dónde están los escombros?

Si bien el resurgimiento de esta próspera ciudad se explica en parte por la gestión estadounidense y británica durante la ocupación a partir del  ’45 y la expansión económica de los ‘60 y ‘70, se debe también al esfuerzo y la solidaridad de los mismos residentes que empezó al día siguiente de la aniquilación. Fotos en blanco y negro en el museo de la bomba muestran como, a horas de la explosión, ya llegaban voluntarios a asistir a los sobrevivientes. En menos de 24 horas, al menos un 30% de hogares ya contaban con electricidad, dos días después el tranvía ya estaba de vuelta en funcionamiento, y para mediados de agosto de 1945 varias líneas telefónicas ya habían sido reparadas y otras nuevas puestas en funcionamiento.

A medida que nos acercamos al epicentro de la explosión, como si fueran migas de pan esparcidas por las veredas, nos vamos encontrando con indicios del traumático pasado de esta ciudad; un puente inmaculado que sobrevivió a la explosión, un edificio de grandes almacenes que hace 71 años fue volado a pedazos pero que cuya estructura milagrosamente no se cayó y que hoy tiene un cartel gigante de Luis Vuitton, y a una cuadra del parque del memorial, un cartelito chiquito sobre una vereda a la sombra que te revela que exactamente ahí, a unos 600 metros de altura, explotó Little Boy (El Niñito).

Un ciclista aparca su bicicleta frente al esqueleto de ladrillos y hierros del Domo de la Bomba-A, y apoya un cartel contra la rueda trasera; No more Hiroshimas (No más Hiroshimas). A unos metros, apoyado sobre un árbol, un hombre vestido con un polo verde y pantalón tipo pescador charla con un periodista y un cameraman en lo que parece ser un descanso durante la producción de un documental. Y más allá, al lado del canal que cruza el parque, una mujer exhibe varias carpetas en distintos idiomas. Agarramos una y hojeamos. Son relatos en primera persona, extractos de Wikipedia, diagramas del área de explosión, explicaciones técnicas de los efectos de radiación y fotos horrorosas de chicos nacidos con deformidades. Nos volvemos para ver el domo desde otro ángulo. Un andamiaje rodea gran parte de la estructura y un cartel nos informa que están montando soportes para prevenir su derrumbe ante un posible terremoto. Lo que la humanidad no pudo tirar abajo, no vaya ser que la naturaleza lo termine haciendo.

Sankichi Toge, poeta y pacifista sobreviviente de la bomba, ganó una competición en 1946 lanzada por un periódico local que llamaba a residentes a presentar proyectos para la futura reconstrucción de la ciudad. De su visión nació el parque del Memorial de la Paz de Hiroshima. Y el parque respira eso, paz. Lleno de árboles y espacios verdes, uno se sorprende, y agradece, por la falta de esos referentes turísticos hoy tan comunes; no hay cafés, no hay restaurantes, no hay quioscos, no hay negocios de suvenires y postales. Uno tiene que caminar unos 15 minutos afuera del parque para toparse con el primer supermercado. Es un lugar de contemplación, de viejos jugando al Go, de jardineros atentos a los arreglos florales, de limpiadores, de turístas que caminan en silencio sacando fotos, y de grupos de estudiantes que se dedican a entrevistar a los extranjeros para practicar su inglés.

Sin embargo, la siempre imponente presencia del Domo de la Bomba-A, que supo ser la sede de la promoción industrial de la prefectura de Hiroshima, y los estudiantes que se te acercan para entrevistarte, te recuerdan constantemente dónde estás y porqué viniste acá. Apenas llegamos al parque, una chica se me acercó y me entrevistó. Al pasarme el formulario para que escribiera mi nombre, pude leer las instrucciones del profesor en inglés: ‘Make eye contact,’ ‘Smile,’ ‘Speak loud and clear’ y ‘Remember to say Thank you and Goodbye’. Cuando le devolví el formulario me devolvió un ‘Thank you’ con una sonrisa y  se fue pegando saltitos con sus compañeras de clase. Más allá del ‘what is your name?’ o el ‘where are you from?’, algunos de los chicos te queman con preguntas más profundas. Hace un rato otra chica nos preguntó, ‘Hay gente que piensa que tirar la bomba atómica sobre Hiroshima y Nagasaki era necesario, ¿usted qué piensa?’, o ‘¿Qué emociones le ha producido visitar Hiroshima? ¿Es la primera vez que viene?’

Domo de la Bomba-A, Hiroshima.

Domo de la Bomba-A, Parque Memorial de la Paz. Hiroshima, 12 de mayo de 2016.

El gobierno de Estados Unidos no pide perdón por haber tirado la bomba. De hacerlo, se leería como si estuviesen perdonando los crímenes de guerra de Japón. El mayor argumento a favor de haber tirado la bomba se basa en una cuestión ‘práctica’ y va sobre que esa era la forma más humana y ‘efectiva’ de hacer capitular a Japón y terminar con la guerra del Pacífico con la menor cantidad de casualidades posibles. Otros, como China, van más lejos y dicen incluso que la catástrofe fue responsabilidad sola de Japón que provocó la bomba con sus crímenes de guerra a sus vecinos del sudeste asiático. Japón mismo reconoce su responsabilidad, aunque tampoco pide perdón, y condena el hecho como un crimen de guerra y holocausto. Corea del Sur, en cambio, pide que por favor no se sobre-victimice a Japón y que no se olviden de las víctimas coreanas de la bomba, muchas de ellas trabajadores forzados que en ese momento se encontraban en Hiroshima, y que Japón suele llamar ‘voluntarios’. Y así.

Mientras se discute lo absurdo, sobre si una bomba atómica era necesaria, mientras se echan la culpa unos a otros y se pasan las responsabilidades como postas en una carrera, al menos tres hechos continúan siendo una lamentable realidad. La  primera es que pedir perdón sigue siendo un juego político.

La segunda es que, a pesar de la ratificación de varios tratados estableciendo zonas libres de toda fabricación y prueba de armas nucleares y los llamados a la paz y al desarmamiento nuclear total, la proliferación de armas de destrucción masiva sigue siendo un hecho en crescendo. Rusia continua siendo una amenaza atómica, a Francia que las políticas verdes no se atrevan a tocar la energía nuclear, ¿cómo se van a atrever?, en Estados Unidos triplican su presupuesto en armamiento nuclear, Iran es un enigma, Corea del Norte que lanza cohetes al cielo con capacidad para albergar cabezas nucleares como si se tratase de cuetes en año nuevo, y China saca a pasear preventivamente submarinos al Pacífico.

Por último, y más allá de todo esto, muchos temen que la memoria y las experiencias de lo que realmente implica una bomba nuclear se diluyan y desaparezcan con el paso del tiempo. La media de edad de los 183.519 hibakusha, sobrevivientes de la bomba, es superior a los 80 años. Les queda poca arena en el reloj.

Mientras, el Museo del Memorial de la Paz de Hiroshima, con su horrífica y a la vez brutalmente honesta exhibición, se encarga de que esto no suceda haciéndonos sentir el pasado. Ya no solo con las fotos de la destrucción de edificios o las fotos en blanco y negro del hongo de la explosión, sino con la escandalosa crudeza de unos maniquíes de chicos caminando como zombis con los dedos de las manos derretidas y la ropa quemada, lo surrealista de unas cucharas de plata derretidas y pegadas por el calor, lo grotesco del triciclo de un nene calcinado, o incluso lo inverosímil e inconmensurable como la sombra humana de alguien que existió y se desvaneció en cuestión de segundos sobre unas escaleras de piedra.

Salimos del museo, mareados de pensamientos y atragantados de emociones. En el pasillo que da a la puerta de salida, hay varios libros para dejar comentarios y pilas de formularios para una petición a las Naciones Unidas de los Alcaldes por la Paz llamando a la abolición total de las armas nucleareas. Una estudiante se acerca a uno de los libros, saca un lápiz de su cartuchera y escribe en japonés e inglés:

なのに, 平和の道まだ遠い
And yet, 71 years on, we are still so far from peace

Y aún, 71 años después, seguimos estando lejos de la paz

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Alla sin acento, no es un error de ortografía en castellano sino la mamá de Liza, nuestra anfitriona. La vieja nos pide que nos saquemos las zapatillas y nos pongamos las pantuflas que están en la entrada. Después de ver nuestro cuarto y dejar las mochilas, pasamos a la cocina y nos sentamos en una mesa redonda cubierta con un mantel de plástico amarillo con dibujos de flores en macetas (describir más: cuarto frío, oscuro, cortina sucia tapa la luz, agujeritos de cigarrillo apagados sobre el mantel).

Alla pone una pava de aluminio a calentar. “¿Tea, coffee?” nos pregunta en inglés. Con un vaso de agua me bastaría, pero parece imprudente decirle que no. “¿Café tiene?” le pregunto. “Sí, claro,” y ahí no más saca un jarro de aluminio (o era cobre?) de dentro del horno. Cierra el horno con tanta fuerza que parece que la cocina se derrumba. De un mueblecito de madera oscuro saca un envase de plástico y echa dos cucharadas de café molido y, con el cuidado de alguien que riega el pasto, vierte un poco del agua de la olla al jarro y lo pone a calentar. Café al estilo turco, y seguro que me lo da negro y sin azúcar. Elona se contenta con un saquito de EarlGrey de la cajita de lata sobre la mesa.
Acabamos de llegar, y el apartamento sobre la calle-

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Miércoles 3 de junio. Pasando por Perm, camino a Yekaterinburg

Apoyado con mis brazos sobre la ventana del pasillo que da al sur, la veo pasar. Brillante, gigante esférica, se manifiesta a través de las ramas de los árboles. Un manto de nubes intenta disimular su esplendor, pero la luz logra pasar tiñendo todo el bosque de un halo grisáceo, fantasmagórico casi. Es tan clara la noche que incluso se pueden distinguir los verdes de los arbustos y pinos. Con cuidado asomo la cabeza un poco hacia afuera para ver la punta del tren que justo toma una curva. El aire me pega en la cara, me congestiona la nariz. Impetuoso, el aparato tira de los vagones mientras va iluminando el camino con sus luces. Profundas espadas que perforan la noche siberiana. Con su carrocería verde, ahí va, enorme gusano en su infatigable marcha hacia el este. No va rápido, no puede, incluso a veces desacelera porque los rieles no están en buen estado. Pero aun así le alcanza para dejar atrás a la luna que se aparece por la izquierda de la ventana y lentamente se va moviendo hacia la derecha. Alguien pasa por el pasillo, me distraigo, y ya está de nuevo la luna apareciéndose por el sudeste.

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