Tres hombres fuman sentados sobre cajones de plástico. Uno se sacó una de las botas de goma y se masajea el pie. Miran un rato al piso, pegan otra seca al faso, y vuelven sus ojos sobre las pantallas de sus máquinas. Un mensaje de texto, un juego, fotos. Más atrás, bajo un toldo verde de plástico, otros cuatro juegan a las cartas. Visten guardapolvos blancos y hablan gritándose por encima de sus risas.

Espíritus absortos en su escape.

Se abre una puerta, y otro hombre, camisa ochentona con rayas oblicuas rojas, marrones y grises, se aparece empujando un carro con cajas de cartón.

Alrededor suyo, las paredes son de un ladrillo color marrón ocre y los aires acondicionados se amontonan unos sobre otros goteando calor y humedad. El suelo está lleno de charquitos de agua, grasa, y puchos. Colgado de un caño, un paraguas rojo y blanco que alguien dejo a secar.

Fruta podrida, aceite quemado, carne y sopa. Uno de los tachos de basura está abierto. Respiro humo, pero no sé de dónde, o de quién viene.

Me giro y sigo caminando por el garito de poca luz. Negocios de ropa y suvenires baratos. Alguien intenta venderme un buda chiquito de madera. Al final del pasillo, la calle. Y sobre la vereda del frente, unas cañas de bambú. Obra en construcción. Bocinas y sirenas, y mis ojos tratan de seguir los pasos apresurados.

La ciudad late. Detrás, el callejón descansa.